Šaunštejn, el vigilante pétreo de la Suiza Checa

07-11-2015

Durante siglos el castillo de Šaunštejn, excavado en roca arenisca, se encargó de proteger las rutas comerciales entre el interior de Bohemia y Sajonia. Paradójicamente, una vez abandonado en el siglo XVII otorgó cobijo a los bandidos de la zona.

Šaunštejn, foto: Radek Bartoš, Wikimedia CC BY 3.0Šaunštejn, foto: Radek Bartoš, Wikimedia CC BY 3.0 A apenas un kilómetro del pueblo de Vysoká Lípa se alza entre la vegetación una pequeña montaña de arenisca. Aparte de su belleza natural su interés viene determinado por algo especialmente interesante que alberga en su cima, aunque a primera vista resulte invisible para el observador casual: el castillo de Šaunštejn.

No nos imaginemos la clásica fortaleza con muros, torres y almenas. Šaunštejn es una fortificación excavada en la roca y actualmente, aunque no podemos utilizar la palabra ruinas, se puede decir que se halla reducida a su mínima expresión, al carecer con el paso del tiempo de los complementos que la hacían habitable. La guía Dana Štefáčková resume en pocas palabras las características del castillo.

“Este castillo se llama Šaunštejn, pero también se le llama el Castillo de los Bandidos. En los siglos XIV y XV contaba con construcciones en madera, pero después se redujo de nuevo solo a la roca, aunque seguía siendo un castillo de vigilancia. Hay un pozo, y algunas salas excavadas en la roca, y hoy día constituye una atracción turística”.

De policía a ladrón

Šaunštejn, foto: Zdeňka KuchyňováŠaunštejn, foto: Zdeňka KuchyňováŠaunštejn, propiedad de la familia Berka de Dubá, vivió sus momentos de esplendor en las postrimerías de la edad media. Entonces los parajes conocidos ahora como la Suiza Checa, en el norte de Bohemia, justo en la frontera con Alemania, eran lugar de paso para frecuentes caravanas comerciales que comunicaban las tierras checas con la vecina Lusacia.

Šaunštejn, que en ningún momento fue concebido como residencia, cumplía entonces cometidos logísticos y de vigilancia al igual que otras muchas fortificaciones similares que aprovechaban las rocas de arenisca del lugar, explica Štefáčková.

Dana Štefáčková, foto: archiv Dany ŠtefáčkovéDana Štefáčková, foto: archiv Dany Štefáčkové “Nos encontramos en la llamada carretera checa. Se trata de un camino comercial que llevaba del interior de Bohemia y a través de la llamada Suiza Checa hasta la Alta Lusacia, hoy entre Sajonia y Brandenburgo. La Suiza Checa está salpicada de pequeños castillos, es un fenómeno local. Más que castillos son rocas habitadas”.

Después de la devastadora guerra de los Treinta Años, que concluyó en 1648, Šaunštejn quedó abandonado. Precisamente es a partir de entonces cuando empieza a ser conocido como el Castillo de los Bandidos, al comenzar a servir para la misión contraria a la que tenía originalmente. Sus paredes de roca fueron durante años escondrijo para bandoleros, fugitivos y maleantes.

Un duro ascenso con recompensa final

Ahora, una vez dejado atrás este pasado ignominioso, sus bastiones naturales se han convertido en un atractivo punto turístico. Tras ascender al castillo por unas angostas escaleras esculpidas en la roca, el visitante puede recorrer la cima e imaginar cómo podría haber sido la vida en la fortaleza a lo largo de su contradictoria historia.

Además del mencionado pozo encontramos en la entrada una amplia cavidad que al parecer fue utilizada como como garita o como establo, lo que da a entender que en su momento Šanštejn fue mucho más accesible que en la actualidad. En la parte norte, en la base de lo que fuera la torre principal, un foso de tres metros cavado en la piedra podría haber sido un depósito de agua, o quizás una mazmorra. A las partes más elevadas del castillo se llega casi trepando o por escaleras de madera. Por suerte para los turistas hay ahora instalados pequeños puentes de acero que comunican unas rocas con otras.

Šaunštejn, foto: Zdeňka KuchyňováŠaunštejn, foto: Zdeňka Kuchyňová Subir a la parte más alta requiere una cierta dosis de valor, pero tiene su recompensa. Las vistas son espectaculares y abarcan la mayor parte de la Suiza Checa, junto con una porción de las colinas y montes de arenisca de la parte sajona.

Štefáčková aprovecha para explicar la singular geología de la zona.

“En la parte sajona hay más mesetas, nosotros tenemos más bien las llamadas ciudades rocosas. Por aquí pasa la falla lusacia, donde se mezclan dos superficies geológicas distintas. Tenemos las areniscas que surgieron al asentarse aquí el mar en la edad Terciaria, y además las montañas de basalto aparecidas con la actividad volcánica. Donde hay basalto hay árboles de hoja, como las hayas, donde hay arenisca hay pinos y abedules”.

La Suiza Checa es llamada así desde el siglo XIX, cuando los pintores suizos Adrian Zingg y Anton Graff se dedicaron a pintar los paisajes a lo largo del río Elba, señalando que les recordaban poderosamente a su patria.

07-11-2015