El escándalo que sacudió el Ejército austro-húngaro

”Son las dos menos cuarto de la madrugada. Ahora voy a morir. Ruego no se haga autopsia a mi cadáver.Recen por mí”. Éstas fueron las últimas palabras de la carta de despedida que escribió en Viena antes de suicidarse el coronel Alfred Redl, encargado del servicio de espionaje y contraespionaje en el Ejército austro-húngaro. El oficial se mató después de ser identificado en 1913 como el agente que había entregado informaciones militares secretas a la Rusia zarista, potencial enemiga de Austria- Hungría en la contienda bélica que se avecinaba. El descubrimiento del espía fue un tremendo golpe para el Ejército austro-húngaro. Sus altos mandos intentaron ocultarlo, pero el escándalo acabó por ser destapado.

Alfred RedlAlfred Redl Alfred Redl era oriundo de la ciudad de Lvov, capital de Galitzia, que desde 1772 pasó a formar parte de la monarquía de los Habsburgo. Su padre se desempeñó como funcionario de prisiones.

Entre 1900 y 1905 el oficial del Estado Mayor, Alfred Redl, actuó como perito en todos los procesos contra espías, celebrados en Viena. Hasta 1908 Redl dirigió todo el servicio de espionaje y contraespionaje militar de Austria- Hungría.

Los servicios de inteligencia extranjeros seguían atentamente sus pasos. Así el agregado militar ruso descubrió lo que ignoraban los superiores de Alfred Redl: que este coronel austro-húngaro era homosexual.

Por temor a que su homosexualidad fuese descubierta, Redl empezó a trabajar para los rusos. Les entregaba copias de importantes documentos militares, por lo cual recibía cuantiosas sumas financieras.

En 1908 Austria-Hungría anexó Bosnia- Herzegovina. Desde aquel momento empezó a cernirse sobre la monarquía el peligro de una guerra. La anexión provocó las protestas de Serbia y fue mal vista por Rusia porque representaba una incursión en su tradicional zona de influencia en los Balcanes.

De cara al próximo conflicto Austria- Hungría decidió fortalecer su red de espionaje. En cada uno de los quince mandos regionales del Ejército fueron establecidas oficinas de inteligencia militar. Alfred Redl fue destinado a la de la guarnición de Praga. En aquella época el territorio checo formaba parte de la monarquía austro-húngara.

Los superiores consideraban al coronel Redl como un implacable cazador de espías. El oficial destacó como impulsor de medidas y castigos cada vez más duros para quienes trabajasen al servicio de potencias extranjeras. Hasta que un día él mismo fue atrapado gracias a las medidas de vigilancia cada vez más severas.

Ya que el conflicto militar con Serbia y Rusia se acercaba, el servicio de inteligencia militar de Austria-Hungría logró que se suprimiera la ley constitucional que garantizaba el secreto de correspondencia. En un despacho secreto de la oficina central de Correos en Viena se abrían cartas y se controlaba su contenido.

En la primavera de 1913 los funcionarios abrieron dos cartas sospechosas que contenían elevadas sumas de dinero en billetes austro-húngaros. Era insólito que alguien enviase tanto dinero por carta. Fueron destacados dos detectives para detener a la persona que recogiera las misivas.

El sábado 24 de mayo de 1913, cuando la oficina central de Correos en Viena estaba a punto de cerrar, un señor alto y elegante recogió las cartas y subió a un taxi que lo esperaba con el motor en marcha.

El zar ruso Nicolás con su hijoEl zar ruso Nicolás con su hijo Los detectives no tenían automóvil para perseguirlo, pero gracias a una serie de casualidades descubrieron que el hombre estaba alojado en el hotel Clomser. Allí se enteraron de que se trataba del coronel Alfred Redl.

La información alarmó a los altos mandos militares. El jefe del Estado Mayor, Franz Conrad von Hötzendorf, palideció al imaginar el impacto del escándalo para el prestigio del Ejército y la indignación de la opinión pública. “El canalla debe morir ya”, decidió.

Cuatro oficiales subieron a medianoche a la habitación del hotel donde estaba alojado Redl. El coronel reconoció su culpa y dijo que sabía que tenía que morir.

Los visitantes le preguntaron si tenía un revólver. Así dieron a entender a Redl que los mandos militares esperaban que se suicidase.

El coronel no tenía revólver. Entonces uno de los presentes salió para buscar el arma.

Después de entregarla a Alfred Redl, los cuatro oficiales bajaron a la calle donde comenzaron a pasear impacientes. No podían marcharse sin tener confirmado que Redl se había suicidado. Llamaron por lo tanto a un detective de la policía estatal que tuvo que jurar que no revelaría a nadie ningún detalle.

El hombre se presentó en el hotel con una tarjeta diciendo que el coronel Redl lo había citado para las cinco y media de la mañana ya que quería entregarle la respuesta a una carta.

El detective subió a la habitación donde encontró el cadáver del coronel que se había pegado un tiro. Los cuatro oficiales pudieron comunicar a sus superiores que habían cumplido la misión.Luego llamaron al hotel, se presentaron con nombres falsos y pidieron que el coronel Redl viniera al teléfono. Un empleado del hotel corrió a la habitación y halló el cadáver.

Fue avisada la policía y el médico forense que constató que se trataba de un suicidio.

Soldados austro-húngarosSoldados austro-húngaros Los altos mandos militares pensaban que al obligar a Redl a suicidarse, habían salvado el honor y el prestigio del Ejército. Muerto el traidor, nadie se enteraría de que un oficial austro- húngaro de alto rango trabajó como espía para una potencia enemiga.

La agencia de prensa oficial emitió un comunicado en el que se explicaba que el coronel Alfred Redl se había suicidado en estado de enajenación mental y que últimamente había padecido un persistente insomnio debido a su agotadora labor.

Las bandas militares se pusieron a ensayar marchas fúnebres porque las autoridades militares, para guardar las apariencias, ordenaron preparar para Alfred Redl los funerales con todos los honores militares.

La verdad sobre el caso del coronel Redl no tardó en descubrirse gracias al periodista Egon Ervín Kisch, redactor de un diario alemán, publicado en Praga.

El domingo 25 de mayo de 1913 el equipo de fútbol del que era capitán, perdió ante otro conjunto de Praga por 7 a 5. Kisch atribuyó la derrota a la ausencia del defensa Wagner. El jugador, cuyo oficio era cerrajero, visitó el lunes al capitán en la redacción. Explicó que no pudo jugar porque lo habían llamado el domingo para abrir la puerta, armarios y cajones en el apartamento del coronel Alfred Redl.

El cerrajero fue testigo presencial del trabajo de dos oficiales llegados desde Viena y el comandante de la guarnición de Praga, quienes descubrieron en el apartamento de Redl una prueba tras otra de su espionaje para la Rusia zarista.

Fue una información espectacular. ¿Pero cómo divulgarla? Si el periódico de Kisch publicase que se encontraron pruebas de que el fallecido coronel Redl había trabajado para Rusia, la censura lo confiscaría. Kisch y su redactor jefe decidieron publicar la información en forma de desmentido:

”Nos solicitan altas autoridades desmentir los rumores que circulan entre oficiales, de que el coronel Redl habría revelado secretos militares y trabajado como espía para Rusia. La inspección de su apartamento en Praga se hizo por otros motivos”.

La audaz jugada de los periodistas resultó.La edición vespertina con la sensacional información salió a la calle. Por teléfono fue transmitida a Viena donde desencadenó un escándalo de apabullantes dimensiones. En el parlamento llovieron preguntas sobre los correspondientes ministros. Los preparativos para los funerales con honores militares fueron cancelados.

El escándalo fue destapado un año antes de estallar la Primera Guerra Mundial. Algunos políticos llegaron a atribuir a Redl cierta culpa por la eclosión de la contienda. El coronel reveló a Rusia los nombres de los oficiales rusos que trabajaban para Austria- Hungría. Las autoridades zaristas los enviaron al patíbulo.Así la monarquía de los Habsburgo no disponía de informaciones sobre el poderío militar ruso.Si hubiera conocido su magnitud, quizás no habría entrado en la guerra.